domingo, 20 de diciembre de 2015
sábado, 5 de diciembre de 2015
"Soltar, dejar, partir", Jorge Bucay
"- Todo vale la pena. Porque somos quienes somos por aquello que hemos vivido. Somos quienes somos por aquello que algunas personas dejaron en nosotros, pero somos absolutamente quienes somos gracias a aquello que hemos perdido, gracias a eso que ya no está con nosotros.
- Es tan fácil darse cuenta cuando a uno no lo quieren: basta con mirar al otro fijamente a los ojos. ¿Alcanza con verlo moverse en el mundo? ¿Es suficiente con preguntarle o preguntarme? Si así fuera, ¿como se explica tanto desengaño? ¿Porque la gente se defrauda tan seguido si, en realidad, es tan sencillo darse cuenta de cuanto les importamos o no les importamos a los que queremos? ¿como puede asombrarnos el descubrimiento de la verdad del desamor? ¿como pudimos pensarnos queridos cuando, en realidad, no lo fuimos? Hay aquí algo para aprender: nadie es mas vulnerable a creerse algo falso que aquel que desea que la mentira sea cierta.
- Y es mentira que tenemos que cargar con cada cosa que hemos querido y valorado; y es mentira que debemos seguir adelante con todo lo de antes, con todo lo que ya no está. Perdemos. Perdemos no solo a través de la muerte sino a través del abandono, del cambio, a través de seguir adelante. Nuestras perdidas incluyen también nuestras renuncias conscientes o inconscientes: la perdida de los sueños románticos, la cancelación de nuestras esperanzas irrealizables, la perdida de las ilusiones de libertad, de poder, de seguridad y, porque no, tambien, la perdida de nuestra juventud.
Es imposible poder aceptar con una sonrisa todas las cosas que, lamentablemente, son ciertas e ineludibles. Hace falta aceptar la verdad que no queremos asumir de una vez y para siempre. Que nuestra madre va a dejarnos, y nosotros vamos a dejarla a ella, que el amor de nuestros padres nunca será exclusivamente para nosotros, que aquello que nos hiere no siempre puede ser remediado con besos, que esencialmente estamos aquí solos. Que tendremos que aceptar el amor mezclado con el odio, con lo bueno y con lo malo. Que a pesar de ser como se esperaba que sea una niña no podrá casarse con su padre, que alguna de nuestras elecciones estan limitadas por nuestra anatomia, que existen defectos y conflictos en todas las relaciones humanas. Que no importa cuan listos seamos, a veces nos toca perder. Habrá que aceptar que somos irremediablemente incapaces de ofrecer a nuestros seres queridos o a nostros mismos la protección contra todo peligro, contra todo dolor, contra el tiempo perdido, contra la vejez o contra la muerte.
- Muchas veces la vida está relacionada con soltar lo que alguna vez nos salvó, soltar las cosas a las cuales nos aferramos intensamente creyendo que tenerlas es lo que nos va a seguir salvando de la caida.
- Imagínate que vas por una selva. Te encuentras un río y debes seguir tu camino. El río es muy profundo, no lo puedes cruzar caminando, no hay un puente ni un barco ni un botero ni un vado. Entonces, durante dias y dias, durante semanas o meses, te dedicas a construir un bote, un bote que te permita cruzar el río. Y lo haces. Y estas contento contigo al otro lado del río porque construiste tu bote que te permitió seguir. Y piensas: "quizás haya otro río", "quizás pueda evitarme el trabajo de seguir construyendo otros botes", "debo llevar el bote conmigo". Y entonces, intento avanzar por la selva cargando con él, pero es tan difícil, es tan complicado... Tropiezo con cada rama, me llevo por delante cada liana... Es imposible, pero persisto. No quiero dejar este bote después de todo, ha sido tan útil para mi. Y sin embargo, esto, que un dia me salvó, este bote que un día representó la posibilidad de seguir, hoy es mi mayor impedimento. Ser un adulto significará aceptar que soy capaz de hacerlo, una vez más. Significará dejar atrás aquello que hoy no me sirve, aquello que alguna vez me sirvió pero que hoy no tiene sentido en este camino. Y apostar, a que si hay un nuevo río, seré hoy más sabio para construir un nuevo bote.
- No hay perdida que no implique una ganancia, un crecimiento personal, porque lo que sigue, despues de haber llorado cada perdida, despues de haber elaborado el duelo de cada ausencia, despues de habernos animado a soltar, es el encuentro con uno mismo enriquecido con aquello que hoy no tengo pero pasó por mi y también por la experiencia vivida en el proceso.
- Me dirás, es horrible pensar que la muerte de un ser querido significa una ganancia para mi. Yo entiendo. Podria dejar fuera de esta conversación la perdida de un ser querido, podria ponerla en el casillero de las excepciones, pero no creo que lo sea. En todo caso, la muerte de un ser querido es un hecho inevitable en nuestras vidas, y el crecimiento que de ello deviene, también. No estamos entrenados a pensar que no debemos sufrir. Hemos sido educados por nuestros amorosos padres para convencernos de que sufrir es algo dañoso, que sufrir nos puede destruir, que el dolor puede aniquilarnos. Pero el dolor es tan saludable en nuestras vidas como lo es la tristeza. El dolor es tan constructivo como puede ser cualquier alerta de que algo se ha desacomodado. Es importante no transformar el dolor en sufrimiento. El dolor es el paso por un lugar no deseado; el sufrimiento es armar una carpa y quedarse a vivir en ese lugar indeseable. El duelo es el pasaporte que nos saca del sufrimiento y que permite que el dolor pase.
- Pero es imposible dejar de desear y también es imposible poseer infinitamente y para siempre todo lo que deseamos. No somos omnipotentes, ninguno de nosotros puede ni podrá jamás tener todo lo que desea. ¿Existe la solución?
- Yo creo que existe. Y creo que está a la mano para cualquiera. La posibilidad es aprender a entrar y salir del deseo, es desarrollar la capacidad de desear sin quedarse pegado a ese deseo, sin agarrarle como se agarra un alpinista a la soga que cree que le va a salvar la vida. Aprender es, sobretodo, aprender a soltar: soltar herramientas que ya no necesito, soltar personas que ya he perdido, soltar situaciones que se transforman, soltar vínculos que cambian, soltar etapas de la propia vida que han quedado atrás, soltar los momentos que han terminado... Y cada uno de ellos ha sido una perdida que hay que devorar, han sido etapas de mi vida que han pasado, y es mi responsabilidad enriquecerme al despedirlas.
"Gran maestro -dijo el discípulo- he venido desde muy lejos para aprender de ti. Durante años he estudiado con todos los iluminados y gurus del país y todos han dejado mucha sabiduría en mi. Ahora creo que tu eres el único que puede completar mi búsqueda. Enseñame, maestro, lo que me falta saber.
Baduín el sabio, siempre sereno, le dijo que tendria mucho gusto en mostrarle todo lo que sabia, pero antes de empezar iban a beber un té. El alumno, agradecido, se sentó junto al maestro. Baduín trajo una tetera y dos tazas de té, ya llenas. Alcanzó una de ellas al alumno y tomó la otra. Antes de que el discípulo empezará a beber, Baduín empezó a volcar más té en la taza llena del alumno. El líquido no tardó en derramarse al plato, y del plato a la alfombra. "¡Maestro, maestro, por favor deja de echar el té sobre mi taza!", dijo el alumno. Baduín parecía no escucharlo. Luego, lo miró a los ojos y le dijo: "hasta que no seas capaz de vaciar tu taza, ni yo ni nadie podremos poner más conocimiento en ella".
- Hay que vaciarse para poder llenarse. Una taza, dice Krishnamurti, solo sirve cuando esta vacía. No sirve una taza llena: no hay nada que se pueda agregar en ella.
- Esta es tu vida. Vas a tener que deshacerte del contenido de tus tazas llenas si quieres llenarla otra vez. Tu vida se enriquece cada vez que llenas una taza, pero también se enriquece cada vez que la vacías, porque cada vez que vacías tu taza estas abriendo la posibilidad de llenarla de un contenido nuevo. Y una de las tazas que más me cuesta vaciar, y que seguramente más te cuesta vaciar a ti, es la imagen que tenemos del mundo, porque queremos atenernos a que el mundo siga siendo como nosotros lo vimos, porque no queremos aceptar que el mundo cambia, no queremos aceptar que el mundo no es como yo quiero que sea y que esto implica un duelo. Si me animo a soltar el contenido de la taza de un sueño, quizás, pueda encontrarme en la mejor ruta para descubrir la verdad.
- Hamlet Lima Quintana escribió una poesía, "Transferencia", que dice:
"Después de todo, la muerte es una gran farsante.
La muerte miente cuando anuncia que se robará la vida,
como si se pudiera cortar la primavera,
porque al final de cuentas la muerte solo puede robarnos el tiempo,
las oportunidades de sonreír, de comer una manzana,
de decir algún discurso, de pisar el suelo que se ama,
de encender el amor de cada día,
de dar la mano, de tocar la guitarra,
de transitar la esperanza, solo nos cambia los espacios,
los lugares donde extender el cuerpo,
bailar bajo la luna, o cruzar a nado un río,
habitar una cama, llegar a otra vereda,
sentarse en una rama,
descolgarse cantando de todas las ventanas.
Eso puede hacer la muerte, pero robar la vida,
robar la vida no puede.
No puede concretar esa farsa porque la vida,
la vida es una antorcha que va de mano en mano,
de hombre a hombre, de semilla en semilla,
una transferencia que no tiene regreso,
un infinito viaje hacia el futuro,
como una luz que aparta, irremediablemente, las tinieblas."
- Claro que cuesta trabajo soltar aquello que no tengo, claro que es trabajoso poder desligarse y empezar a pensar en lo que sigue. Por supuesto, es el peor de los desafíos que implica ser un adulto sano y, sin embargo, no hay otro camino. Este es el coraje, esta es la fortaleza de la madurez, saber que puedo afrontar lo que me pase, que inclusive puedo afrontar la idea de que alguna vez, alguna vez, yo mismo, no voy a estar. Quizás pueda, por el camino de entender lo transitorio de todos mis vínculos, aceptar también algunas de las cosas que son más difíciles de aceptar; que no soy infinito, que hay un tiempo para mi paso por este lugar y por este espacio. Y, sobretodo, que debo hacer hoy las cosas que voy dejando de lado.
Creo que lo que más nos duele cuando un ser querido se muere es aquello que no le dijimos, es aquello que no le acercamos, es aquello que no nos dijo. Son esas cosas pendientes las que nos duelen con la muerte de aquellos queridos. Bueno sería a empezar a darnos cuenta que este es el momento, quizás mañana no estés, quizás mañana yo no esté. Hoy es el día de llamarte y decirte lo que siento.
- La muerte de un ser querido, cualquiera que sea el vínculo, es la experiencia mas dolorosa que pueda pasar una persona. Toda la vida, en su conjunto, duele. Nos duele el cuerpo, nos duele la identidad y el pensamiento, nos duele la sociedad y nuestra relación con ella, nos duele el dolor de la familia y los amigos. Nos duele el corazón y el alma, duele el pasado, duele el presente, y, especialmente, duele el futuro.
viernes, 4 de diciembre de 2015
lunes, 23 de noviembre de 2015
Los niños y la muerte. Elisabeth Kübler Ross. Niña de 4 años.
Una madre de la Costa Este se ofrece a compartir su experiencia con nosotros. Me limitaré a
transcribir su carta: habla por sí sola.
«Mi hija se despertó una mañana en un estado que sólo se puede describir como de
"extrema excitación". Esa noche había dormido en mi cama, y me despertó abrazándome y
zarandeándome, diciendo: —
¡Mami, mami, Jesús me ha dicho que me voy al Cielo! Estoy contenta de irme al Cielo, mamá.
Allí todo es bonito, dorado, plateado y resplandeciente, y Jesús y Dios están allí... Y así siguió.
Estaba eufórica y hablaba tan rápido que apenas podía entenderla.
Al principio
me asusté. Me parecía extraño, pues no se puede decir que sea un tema corriente de conversación. Me inquieté sobre todo por su excitación. Era una niña tranquila, casi contemplativa, muy
inteligente, pero no era tan "inquieta" ni hacía las tonterías propias de los críos de cuatro años.
Hablaba con corrección y tenía un vocabulario muy preciso. No estaba acostumbrada a verla tan
excitada, tartamudeando y trabándose al hablar. De hecho, creo que no la había visto nunca así, ni
por Navidad, ni en su cumpleaños, ni en el circo. Le dije que se calmara, que no hablase así (más que nada porque sentí un temor supersticioso:
desde que nació tuve el "presentimiento" de que no estaría mucho tiempo conmigo y sólo lo comenté
a una íntima amiga. No quería recordarlo, ni quería escuchar lo que decía, mucho menos de forma
tan repentina. Nunca en la vida había hablado de morir, ni de su muerte; sólo había aludido al tema
en sentido abstracto. No conseguí calmarla.
Siguió explicándome "lo bonito que era el paraíso dorado, con cosas
preciosas y ángeles resplandecientes y diamantes y piedras preciosas. Y lo feliz que iba a ser allí y
lo bien que lo pasaría. Jesús se lo había dicho. Lo decía entusiasmada; estaba tan excitada que
apenas podía decir lo que quería.
Recuerdo más sus gestos y su alegría que sus palabras.
»—Cariño —le dije—, un momento, tranquilízate. Si te vas al cielo, te echaré de menos. Me
alegro de que hayas tenido un sueño tan feliz, pero cálmate y relájate un poco.
Fue en vano, ella insistía: —No era un sueño, era real —con el entusiasmo con que hablan los niños de cuatro años—
.
Pero no te preocupes, mamá, porque Jesús dijo que podría cuidarte, y te daré piedras
preciosas, y no tendrás que preocuparte por nada, las piedras preciosas te encantarán... —Y
siguió hablando de lo mismo. (Cito o pongo entre comillas lo que recuerdo con bastante
exactitud palabra por palabra; el resto de la conversación sólo la recuerdo en esencia.)
Esto es básicamente lo que dijo. Prosiguió hablando sobre lo maravilloso que era el
paraíso, calmándose poco a poco, y, cuando volví a felicitarla por su hermoso sueño, dijo que
no era un sueño sino que era "real, realísimo".
Descansó en mis brazos un momento, me dijo
que no me tenía que preocupar "porque Jesús [la] cuidaría", saltó de la cama y se fue a jugar. Me levanté y preparé el desayuno. El día transcurría normalmente hasta que, a primera
hora de la tarde, entre las tres y las tres y media, la asesinaron: la ahogaron.
La conversación con mi hija me había sorprendido tanto que esa misma mañana comenté
por lo menos con una persona lo que llamé "el sueño de mi hija". Esa persona recuerda la
conversación. Cuando se enteró de su muerte, enseguida se preguntó cómo pudo saberlo.
Personalmente creo que, según las leyes físicas, una persona no puede conocer el futuro. Era
imposible que supiese que se "iba al Cielo".
»Y, sin embargo, así fue.
Mi hija se levantó en un estado de excitación inusual y dijo que Jesús le
había dicho que se iba al Cielo (la verdad es que no recuerdo si dijo «hoy»). Y murió esa misma tarde.
No sé explicarlo. En casa no somos muy practicantes. Mi hija nos acompañó un par de veces a la iglesia; por
supuesto, leíamos pasajes sobre Moisés y Jesús, María y José. Mis hijos asistían algún domingo a
catequesis.
Traté de inculcarles amor, respeto y amabilidad hacia los demás, en vez de enseñarles
una religión, porque no les podía enseñar algo que no conocía.
He estudiado, rezado y meditado, y,
no obstante, es muy poco lo que sé al respecto.
»
Cuando las niñas me preguntaban cosas sobre el Cielo, siempre les decía que no sabía qué
pasa cuando morimos. Oyeron la palabra "Cielo" en otro sitio. Que yo sepa, mi niña nunca había oído
nada sobre "calles doradas del paraíso", ni algo parecido. Nunca habíamos hablado sobre eso.
»Y una mañana se levantó diciendo que había visto a Jesús y me habló del "Cielo" diciéndome que
se iba allí. Y murió al cabo de unas siete horas. No me lo explico.
pdf Los niños y la muerte. Dra. Elisabeth Kübler Ross
jueves, 19 de noviembre de 2015
Los niños y la muerte. Dra. Elisabeth kübler Ross
imagen de la red
Querida doctora Ross:
Siempre que ha aparecido en televisión la he escuchado con sumo interés. Me parece que es usted la única persona que conozco que tiene convicciones tan arraigadas como yo.
Tengo dos nietos. El mayor está muy próximo a mí, en un sentido espiritual. Los quiero a ambos por igual, no me malinterprete. El mayor, Jonathan, viene a mi cama y hablamos de mil cosas.
No hace mucho que cumplí setenta años, y desde hace poco más de dieciocho meses ese crío me acaricia las arrugas —¡no muchas!— y los hombros y me dice: "Qué suave, abuelita, no pasa nada porque seas vieja".
Un día tuvimos esta conversación: »—¿Serás un ángel cuando mueras, abuelita?—Eso espero. »—¿Verdad que la gente no puede ver a los ángeles? —No.—Podrías morirte ahora, abuela, así podrías estar siempre conmigo.
Hemos hablado de lo que haremos cuando no tengamos que preocuparnos por nuestros cuerpos. Les dije a los dos que no quiero una lápida; sólo un árbol con flores bonitas y un recipiente con agua y comida para los pájaros.
¡Ahora los dos tratan de escribir " Abuelita" con su mejor letra para ponerlo en el plato! Todo es muy alegre. Al fin y al cabo, es un "plan divertido".
El mayor dice: "Los demás pensarán que te has ido; ¡pero yo sabré lo que pasa!".
Como puede imaginarse, le dije que se lo explicase a su hermanito, e incluso a su mamá y a su papá, para que no se pusieran tristes.
Todo eso pasó hace casi dos años. »El mismo día en que usted habló sobre la muerte, los niños y el arco iris, recibí esta postal.
[La postal es un dibujo de un arco iris que desciende sobre una fuente de oro, en una casa rodeada de flores y pájaros.]
No se trata de su propia muerte. Incluso ha olvidado la mía, pero inconscientemente todo eso está en la postal que me hizo mi nieto. Está mi arco iris, mis flores para los pájaros, y al mirar la esquina, me brillan los ojos: una fuente de felicidad está en mi casa.
Eso es lo que significo para él ahora, aunque la felicidad también significa que la angustia de la separación ha desaparecido.
Espero que esta carta no sea demasiado larga, pero también yo sé, y he tenido el maravilloso privilegio de poder transmitir este conocimiento.
pdf Los niños y la muerte. Dra. Elisabeth Kübler Ross
Espero que esta carta no sea demasiado larga, pero también yo sé, y he tenido el maravilloso privilegio de poder transmitir este conocimiento.
pdf Los niños y la muerte. Dra. Elisabeth Kübler Ross
martes, 17 de noviembre de 2015
LA MUERTE
El concepto de la muerte como una entidad antropomórfica ha existido en muchas culturas desde los albores de la humanidad.
En español además del nombre propio de La Muerte es común emplear el término La Parca proveniente de la mitología romana. A partir del siglo XV comenzó a ser representado como una figura esquelética que lleva capa y capucha. También se da el nombre del Ángel de la Muerte. En rigor no hay ninguna mención en la Biblia del Ángel de la Muerte, sin embargo, hay una mención de Abbaddon (El Destructor) un ángel cuya verdadera identidad es un misterio; y que corresponde al Ángel del Abismo.
En algunos casos, la Parca es quien causa la muerte de la víctima, lo que da origen a historias donde a esta se le puede engañar o sobornar permitiendo así que el condenado sobreviva gracias a su astucia, como en el caso de Sísifo. Otras creencias sostienen que el espectro de la muerte es sólo un psicopompo, que sirve para cortar los últimos lazos entre el alma y el cuerpo además de para guiar al difunto al otro mundo. De este modo la figura no tendría ningún control sobre el hecho de la muerte de la víctima. En muchos idiomas, como en las lenguas eslavas y romances (incluyendo el español), la muerte es personificada en forma femenina, mientras que en otros (como el inglés), se percibe como un personaje masculino. WIKIPEDIA
CANINA SEVILLA
EL TRIUNFO DE LA CRUZ SOBRE LA MUERTE EN SEVILLA
La muerte, personificada en un esqueleto provisto de guadaña, aparece sentada y meditabunda sobre la bola del mundo. A sus pies, la serpiente con una manzana en la boca, símbolo del pecado original, se enrosca en la esfera terrestre. Detrás, la cruz desnuda sobre la que se apoyan las escaleras utilizadas por los Santos Varones para descender el cuerpo de Cristo. Del madero penden dos sudarios, uno de color blanco y otro de color negro que lleva inscrita la leyenda en latín "Mors Mortem Superavit", que significa "La muerte venció a la propia muerte".
Este paso alegórico, que cada Sábado Santo desfila en la Hermandad del Santo Entierro de Sevilla, es conocido popularmente como "La Canina" y fue creado en 1693 por el escultor Antonio Cardoso de Quirós, quien, en un proceso de renovación artística de la cofradía tras un periodo de decaimiento, eliminó la antigua composición de la alegoría del Triunfo de la Cruz -compuesta por un Niño Jesús en actitud de bendecir o un ángel sobre el mundo- para establecer el esqueleto pensativo sobre la bola terráquea.
El misterio, cuya función es proclamar la Resurrección de Jesús como instrumento para la redención del mundo, el perdón de los pecados y la victoria sobre el demonio, sufrió destrozos durante la Invasión Francesa, teniendo que ser restaurado en 1829 por el escultor Juan de Astorga. Recientes estudios han puesto de manifiesto que su actuación no fue tan renovadora como se pensaba y que se conservan más partes originales de Quirós de las que se creían. La última restauración fue realizada por José Joaquín Fijo y Almudena Fernández (2007).
En la imagen de arriba, pueden ver un grabado del paso de "La Canina" procesionando frente a la Puerta del Perdón de la Catedral de Sevilla, reproducido en el año 1890 por la revista francesa L'Illustration. Durante el siglo XIX, fueron comunes los grabados y las litografías alusivas a la muerte (imagen de abajo), ya sean con intenciones satíricas o fruto de la enfermiza estética del romanticismo, adepta a la literatura gótica.
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